sábado, 15 de junio de 2013

BOLIVAR, EL DEMONIO DE LA GLORIA (Escribe ENRIQUE KRAUZE para LETRAS LIBRES)

 
 
 
El discurso de Simón Bolívar es claramente republicano pero no democrático. La publicación de Bolívar: American liberator, de Marie Arana, da pie a una reflexión de Enrique Krauze sobre el apego de Bolívar al mando: el temor criollo a la “pardocracia”, a la revolución étnica, a la cruel “guerra de colores”.
 
 
a la memoria de Simón Alberto Consalvi

En las Obras completas de Simón Bolívar, perdido entre 2,923 cartas y discursos, hay un documento tan extraño que algunos historiadores han dudado de su paternidad. Es “Mi delirio en el Chimborazo”, deliquio literario que data quizá de 1822 y refiere la ascensión, seguramente parcial y tal vez imaginaria, de Bolívar al volcán ecuatoriano. En su “Marcha de la Libertad” había atravesado “regiones infernales, surcado los ríos y los mares, subido sobre los hombros gigantescos de los Andes” hasta llegar a esa “atalaya del Universo”. Ni el tiempo había logrado detenerlo. De pronto, poseído del “Dios de Colombia” (la inmensa y promisoria nación fundada en lo que hoy es el territorio de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá), “el Tiempo” mismo (viejo venerable, hijo de la Eternidad) se presenta ante él para recordarle la pequeñez de sus hazañas. “He pasado a todos los hombres en fortuna –respondió Bolívar– porque me he elevado sobre la cabeza de todos”, pero la visión le revela el secreto del “Universo físico y moral” que, al despertar, debía trasmitir a sus semejantes.

Bolívar nunca compartió aquel secreto, pero sin duda sentía haber “demostrado a Europa que América tenía hombres equiparables a los héroes del mundo antiguo”. Nuevas empresas lo esperaban: la derrota de las fuerzas realistas en el Perú (1824) y la creación (en el Alto Perú, en 1825) de una nación que llevaría su nombre, Bolivia. Y poseído por “el demonio de la Gloria” quería llegar hasta Tierra de Fuego. A principio de 1826, solo un capítulo faltaría en su libreto: “el laudable delirio” anunciado en su famosa “Carta de Jamaica” de 1815: un gobierno confederado de las naciones americanas: “¡Qué bello sería –había escrito entonces– que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar ahí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios...” En junio de 1826, Panamá sería, en efecto, la sede de ese Congreso Anfictiónico. Para entonces, según estimaciones, Bolívar había recorrido 23,000 kilómetros de campaña y comenzaría a dar señales serias de la tuberculosis que a fines de 1830 acabaría con su vida.

Tratándose del inabarcable Bolívar, es difícil sustraerse a la teoría del “Gran hombre”, más aún si el mismísimo Thomas Carlyle dejó en 1843 un pequeño perfil en el que lo llama “el Washington de Colombia”, lo compara con Aníbal, y va más allá: “Si este no es un Ulises [...] ¿en dónde ha habido uno? ¡En verdad un Ulises cuya historia valdría su tinta, si apareciera el Homero capaz de escribirla!” A lo largo de los años, cientos de autores han buscado encarnar a ese Homero. Ahora recoge el desafío de Carlyle una distinguida escritora peruana: Marie Arana. Su libro Bolívar: American liberator (editado este año en Estados Unidos por Simon & Schuster) no pretende nada menos que eso: recrear la saga homérica del Ulises americano que, según Arana, “por sí solo concibió, organizó y encabezó los movimientos de independencia de seis naciones”.

Con una óptica abiertamente carlyleana, Arana (antigua editora del Washington Post, autora de un par de novelas y de un best seller de National Geographic) se propuso intentar “una narrativa arrolladora, atractiva, más una épica cinematográfica que un tomo académico”. En ese sentido logró su propósito. Su libro no descubre información importante ni aporta interpretaciones originales, pero se lee como una novela escrita con color y brío, poblada de personajes, paisajes, episodios y escenas memorables. Se ha dicho que hay historiadores del verbo e historiadores del sustantivo. Arana pertenece al primer grupo: su historia, como la de Bolívar, no conoce un momento de calma y en su mismo tempo trasmite la irrefrenable pasión del hombre que en la mañana del Jueves Santo de 1812, caminando por las ruinas de su natal Caracas tras un devastador terremoto, exclamó: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.”

Arana describe el origen de esa intensa y furiosa determinación. Nacido en 1783 en el seno de la más alta aristocracia criolla, descendiente de un fundador de Venezuela del que provenía su nombre y linaje, Bolívar heredó una inmensa fortuna: doce casas y solares en Caracas y La Guaira, minas de cobre, haciendas de azúcar e índigo, plantaciones de cacao, rebaños de ganado y cientos de esclavos. Pero desde la más temprana niñez la propia naturaleza había decidido oponérsele: huérfano de padre a los dos años y de madre a los nueve, el niño Simón agrega a su riqueza enormes plantaciones de cacao legadas por el sacerdote que lo bautiza, pero nada mitiga su tragedia: “irascible, caprichoso, necesitado con urgencia de una mano firme, se volvía cada vez más ingobernable”. Según testimonio de un pariente, Simón vagaba solo por las calles, a pie o a caballo, acompañado de muchachos que no eran de su clase. Y “toda la ciudad de Caracas lo había notado”. Tras procurarle una esmerada aunque inconstante educación científica y literaria, y el ingreso a la Academia Militar, en 1799 sus tutores discurren la solución de un viaje a Madrid, donde el joven aristócrata frecuenta la Corte imperial, con incidentes chuscos que mucho tiempo después recordó o acaso inventó (como haber estrellado un gallo de bádminton en la cabeza del futuro Fernando VII). Lo cierto es que en ese primer viaje a Europa encuentra el amor que debía redimirlo. Su matrimonio con María Teresa Rodríguez del Toro ocurre bajo los mejores auspicios. La joven pareja se instala al lado de la catedral en Caracas. Pero el idilio es efímero. María Teresa muere a los cinco meses de su arribo, víctima de fiebre amarilla. Bolívar queda viudo a los diecinueve años de edad. Sus duelos son el anuncio del rebelde que vendrá.
Su preceptor, el rousseauniano Simón Rodríguez, le “hizo comprender que existía en la vida de un hombre otra cosa que el amor”, escribía Bolívar a su amiga Fanny du Villars en 1804, durante el nuevo viaje europeo que había comenzado en 1803 y se extendería hasta 1807. En las principales capitales frecuenta la vida galante y los salones ilustrados, atestigua el ascenso de Napoleón, el “gran hombre” a quien siempre tuvo presente como emblema heroico, pero cuya coronación en Notre Dame en 1804 le pareció abominable. Y en la primera ascensión febril de su vida (en el Monte Sacro de Roma, en 1805), acompañado por Rodríguez, jura liberar América del yugo español. Arana cubre con vivacidad esta etapa, aunque no deja de incurrir en tópicos de la historia tradicional. Un ejemplo es su relación con Humboldt, el sabio alemán cuyas obras habían abierto al público europeo (y a Thomas Jefferson) el interés y el apetito por los riquísimos dominios de España en América. Arana recrea los encuentros casi como señales de predestinación, pero muchos años después Humboldt –sorprendido por la buena estrella de Bolívar– recordaba a su interlocutor como “un hombre pueril”.

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El enfoque carlyleano es popular pero como método y teoría del conocimiento histórico, además de anacrónico, tiene al menos dos inconvenientes: tiende a dejar de lado contextos pertinentes (sociales, culturales, históricos), y a cancelar la distancia entre el biógrafo y el biografiado. Arana incurre en esta doble falla desde el instante en que asume el libreto de Bolívar según el cual los hechos que conmovieron el subcontinente americano en la segunda década del siglo xix fueron provocados por la “incompatibilidad fundamental” entre el viejo, decadente pero aún poderoso Imperio Español, que había oprimido a sus colonias de ultramar por trescientos años, y la voluntad de los americanos por conquistar su libertad e independizarse. A estas alturas, con los aportes diversos al conocimiento histórico que Arana desestima, es inadmisible esta variante de la leyenda negra española aplicada a los movimientos de independencia.

Una prueba está en la propia historia venezolana. En sus albores (entre 1812 y 1814) la guerra de Independencia fue más bien lo contrario: una sanguinaria guerra de contra-independencia librada, no entre venezolanos y españoles, sino entre los propios venezolanos. Del lado de Bolívar, secundados por algunos sectores populares y tropas neogranadinas, luchaban los que querían cambiar: los criollos históricamente resentidos con España que de tiempo atrás reclamaban el dominio de su heredad. Frente a ellos se alzaron los defensores locales de la Corona: un ejército de 12,000 “pardos”, muestra más que representativa de la mitad “parda” de la población (unos 400,000 habitantes) nacidos de la mezcla variopinta de los esclavos negros, los blancos y la menguada población indígena. Sus jefes sucesivos fueron el canario Monteverde y el asturiano Boves. El resentimiento de los pardos –no del todo maltratados por la legislación española y sus representantes– iba dirigido contra la rica minoría criolla denominada “mantuana”, dueña de estancias ganaderas y haciendas de cacao y tabaco, obsesionada con los títulos nobiliarios, guardiana de la “limpieza de sangre”, pero sobre todo despreciativa de aquella “multitud promiscual”.

Ninguna región americana, con la sola excepción de Haití (que decapitó a su élite blanca), sufrió durante la independencia una guerra étnica y social (llamada entonces “guerra de colores”) de esas proporciones. Tras el fracaso de la Primera República (25 de julio de 1812), en el verano de 1813 Bolívar lanzó la llamada “Campaña admirable” gracias a la cual liberaría parte del territorio venezolano, asumiendo poderes dictatoriales. Pero las fuerzas de Boves –acuciadas por la promesa de hacerse de las propiedades de los blancos– no cejaron hasta expulsarlo de nuevo, a él y a la población criolla de Caracas, en un éxodo de proporciones y dramatismo bíblicos.

Arana describe con crudeza la hecatombe desatada por Boves: degüellos, mutilaciones, violaciones, miembros insepultos, lanceo mortal de madres encintas y recién nacidos. No omite –y es algo que debe acreditársele– la respuesta brutal de Bolívar. Su “Decreto de Guerra a Muerte” de febrero de 1814 ordenó la ejecución a sangre fría de ochocientos prisioneros y enfermos españoles recluidos en las bóvedas y el hospital de La Guaira, pero razona la medida como una respuesta eficaz a la barbarie circundante. Lo cual deja de lado la responsabilidad histórica de los criollos, que tampoco Bolívar encaró. Solo una “inconcebible demencia –escribió Bolívar– hizo a los pueblos americanos tomar las armas para destruir a sus libertadores y restituir el cetro de sus tiranos”. “Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno”, lamentaba. Resentía ser “el Nerón de los españoles” y de sus “infelices cómplices”, pero asumía el papel con resignación. La carnicería dejó cerca de 25,000 muertos, la mayoría civiles, y destruyó casi toda fuente de riqueza.

Arana registra y deplora los hechos, sin mayor análisis. Prefiere condenar a los seguidores de Boves: “No entendían que la verdadera pirámide de opresión [...], las raíces de la miseria estaban en el Imperio, no entendían que España había construido cuidadosamente ese mundo injusto...” El punto en sí mismo es dudoso: en el orbe hispano las castas y aun los esclavos tenían una condición menos inhumana que en Estados Unidos. Pero Arana los reprueba incluso frente a los revolucionarios de Haití, quienes habían matado “en el nombre de la libertad” y no, como ellos, los pardos, “en nombre del Rey”.

“Nada es de lo que fue”, dijo Bolívar en septiembre de 1814. La experiencia de la “Guerra a Muerte” le dejó una marca permanente. Se había convencido de la ineptitud de los principios republicanos puros en los que originalmente había creído. Su exilio en el Caribe, primero en Kingston y más tarde en Haití, le serviría para bosquejar una nueva arquitectura constitucional para las futuras naciones americanas que fuera el término medio entre “las anarquías demócratas o tiranías monócratas” y estableciera el dominio patriarcal de los criollos (encarnado en un presidente poderoso y un senado hereditario) sobre las masas irrefrenables. Esta teoría, consignada en la “Carta de Jamaica”, ha ameritado amplios estudios y evaluaciones de la moderna historiografía venezolana (en especial, la obra de Germán Carrera Damas y de Elías Pino Iturrieta), que Arana deja de lado en favor de una glosa breve y frases admirativas: “un brillante destilado de las realidades políticas latinoamericanas”. Pero sin el “criollismo” de Bolívar, no se entienden muchas. En julio de 1816, es verdad, abolió la esclavitud (creía genuinamente en la igualdad natural), pero supeditó el acto a que los esclavos liberados sirvieran a su causa: “El nuevo ciudadano que rehúse tomar las armas para cumplir con el sagrado deber de defender su libertad, quedará sujeto a la servidumbre, no solo él, sino también sus hijos menores de catorce años, su mujer, y sus padres ancianos.”

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Desde marzo de 1815 dominaba toda la región el general español Pablo Morillo que había llegado de Cádiz al mando de 10,000 efectivos (las primeras tropas españolas en cuatro años de guerra). Tras algunos desembarcos infructuosos y descalabros militares, recordando el tesón de Alcibíades, en 1817 Bolívar se había asentado en los llanos de Venezuela asegurando para su causa, mediante una genuina camaradería y efectivos señuelos materiales, a las mismas fuerzas que años atrás lo habían combatido. (“Bolívar –apunta Arana– había entendido el uso de las clases en Boves.”) En el difícil equilibrio de los señores de la guerra sobresalía el jefe de los llaneros, el centauro José Antonio Páez, cuyas inverosímiles lanzadas y cargas de caballería serían decisivas en la victoria final de Bolívar. Pero no todos los jefes insurgentes aceptaban plegarse a Bolívar, y entre ellos sobresalía uno, valeroso pero “pardo”: Manuel Piar. Su muerte exhibe el criollismo de Bolívar en su aspecto más sombrío.

Aunque activo en la insurgencia desde fines del siglo xviii, Piar era indócil, nunca infidente. Sus “pardos iletrados” –critica Arana– lo obedecían sin condiciones. (En el caso inverso de Páez, la obediencia de sus huestes –Arana usa la palabra “rebaño”– es vista como un mérito.) Bolívar castiga la insubordinación de Piar con la pena de muerte, que el jefe pardo enfrenta sin permitir que le venden los ojos. El manifiesto justificatorio que publica Bolívar es inusualmente prolijo en descalificaciones (monstruoso, desnaturalizado, fratricida, estúpido, avaro, sacrílego, tirano, déspota, sátrapa, frenético), pero sobre todo es revelador de su desconfianza hacia las mayorías ignorantes o indiferentes a los derechos que la República –aboliendo todos los privilegios estamentales de la Colonia– había instituido. Piar, escribe Bolívar, proclamaba “los principios odiosos de guerra de colores”. Debía morir. Y su biógrafa parece avalarlo: “Piar era un líder brillante y había luchado con bravura, pero no para la Gloria del libertador sino el provecho de sus propias y ardorosas ambiciones.” Otro jefe insurgente, Santiago Mariño, había incurrido en una falta semejante. Pero era criollo y Bolívar lo perdonó. “Lo volvería a hacer”, diría Bolívar en el futuro, pero el fantasma de Piar lo acompañaría la vida entera: “Sin el valor de Piar, la república no contara tantas victorias”, declaró en julio de 1820.

Es claro que una épica cinematográfica no puede detenerse en el análisis de las ideas. Parecen tediosas, intangibles. Pero la fascinante evolución de las ideas políticas en Bolívar, así como la incidencia de sus lecturas clásicas en lo que escribe y hace, merecían una atención no esquemática. En estos tramos, el libro de Arana –cargado de acción, débil en reflexión– se vuelve unidimensional y casi escolar. No nos acerca al Bolívar pensador ni al escritor. Un ejemplo es su rápido tratamiento del magistral “Discurso de Angostura” que Bolívar pronuncia el 15 de febrero de 1819 en la antesala de las campañas mayores que lo llevarán a la liberación de Colombia y Venezuela. El inminente libertador asume su segunda advocación, la de legislador, con un bagaje significativo: seguía el ejemplo de Licurgo (las Vidas de Plutarco era su libro de cabecera, lo releía como buscando ser él mismo uno de los biografiados); el capítulo final de El Príncipe (otro de sus clásicos, desde su remoto viaje a Roma); El espíritu de las leyes de Montesquieu (de donde extrae la importancia del contexto físico, cultural e histórico en el diseño constitucional de los pueblos), y desde luego El contrato social de Rousseau: “El gran alma del legislador es el verdadero milagro que debe probar su misión.”

Aunque a través de los años sería objeto de lecturas diversas y contradictorias, el discurso (como Bolívar mismo) es claramente republicano pero no jacobino ni democrático. No era la primera vez (ni sería la última) en que admitía los perjuicios que podía causar la permanencia en el poder de un magistrado sobre una nación. Creía en la división de poderes y en las libertades civiles. Su proyecto, inspirado en el orden político inglés, se apartaba del modelo americano que consideraba tan admirable como impracticable para la América española. (No obstante, según los estudios recientes, es apreciable su deuda con John Adams.) En definitiva, su proyecto constitucional (rechazado por los legisladores) preveía un Ejecutivo poderoso electo por el pueblo o sus representantes (“encargado de contener el ímpetu del pueblo hacia la licencia”), un Senado hereditario no electivo (cuerpo moderador que “pararía los rayos del gobierno y rechazaría las olas populares”), una Cámara baja elegida por el voto popular, tribunales independientes. Pero en el tema de la democracia, los términos eran inequívocos: “La libertad indefinida, la democracia absoluta, son los escollos adonde han ido de estrellarse todas las esperanzas republicanas.” Con Rousseau, Bolívar pensaba que “la libertad es un alimento suculento pero de difícil digestión”. A los pueblos americanos –ayunos de saber, de virtud, acostumbrados al vicio y al engaño, prontos a la licencia, la venganza y la traición– había que suministrársela poco a poco, en un proceso de educación cívica que quedaría al cargo de un cuarto y neutro poder inspirado en el Areópago ateniense, que Bolívar llamó Poder Moral.
El capítulo “La dura marcha al Oeste” (el mejor del libro) retoma el hilo épico. Con su vigoroso estilo, Arana es capaz de resumir el clímax de una batalla en un párrafo preciso y plástico, como cuando describe las proezas de los lanceros de Páez, hechos uno con sus caballos, atravesando semidesnudos los llanos y levantando polvaredas que terminan por desquiciar al enemigo, o cruzando con sigilo ríos caudalosos para tomar por asalto las embarcaciones españolas. En un pasaje particularmente logrado, describe el famoso paso por los Andes discurrido por Bolívar para pasmo de los españoles y de la historia: a la cabeza de 2,100 insurgentes (contando las decisivas brigadas de irlandeses e ingleses), más “personal médico, mujeres, niños, animales”, Bolívar logra una hazaña frente a la cual palidece el paso de Aníbal y sus elefantes por los Alpes italianos. Tras el trayecto de un mes por ríos indomables y faunas devoradoras, las tropas llegan a los Andes: “Resbalando en las rocas húmedas y nevadas, continuaron su marcha hasta ascender a más de 3,900 metros, a sabiendas de que, en esas alturas, detenerse no era solo renunciar sino morir. Al llegar al Páramo de Pisba, muchos habían muerto de hipotermia, otros llegaban con sus zapatos sin suelas y sus deshilachados vestidos”, pero así y todo iniciaron el descenso, seguros de la victoria que los esperaba el 7 de agosto de 1819 en Boyacá, batalla que liberó definitivamente a la actual Colombia del dominio hispano y abrió la puerta a la posterior liberación de Venezuela en 1821 en la batalla de Carabobo.

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Arana no solo registra y recrea la vida amorosa de Bolívar. Hace algo más valioso: la comprende. Bolívar era un hombre del siglo xviii en sus lecturas e ideas políticas, pero en el amor fue un héroe romántico del xix. El duelo por la desdichada Teresa lo acompañó, literalmente, hasta el día de su muerte, cuando la evoca en su testamento. La célebre Flora Tristán, abuela de Gauguin, recordaba los meses posteriores en París: “Estaba demacrado, pálido, mortalmente enfermo [...] ahogado en su miseria.” Desde entonces, buscando consuelo, Bolívar fue recolectando amores como laureles de victoria. La mayoría fueron incidentales y respondían a un patrón infalible: tras la liberación de cada ciudad, entre desfiles, arcos triunfales, tedeums y suntuosos bailes (a Bolívar, es sabido, le encantaba bailar), aparecía la bella del lugar rendida al encanto irresistible del libertador. A sus lugartenientes les solía contar sus conquistas amorosas.

De todas ellas sobresalieron quizá tres. La primera, Josefina “Pepita” Machado, apareció en los balcones de Caracas tras la “Campaña admirable”. Fue su compañera y consejera por seis años. Aunque no casó con ella ni le fue fiel, alguna vez supeditó la eficacia de sus desembarcos a la seguridad de su amada. Bolívar esperaba reencontrarse con ella en La Angostura pero Pepita, sin que él lo supiera entonces, había muerto en el trayecto. Con esa zozobra a cuestas, cruzó los Andes y entró a Bogotá. Arana ensaya un retrato íntimo: “Es el retrato de un hombre solitario. Rodeado de gente y solicitaciones, en lo que al amor respecta no podía estar más solo.” Su amada había desaparecido, su único hermano había muerto desde el remoto 1811 en un naufragio. Sus hermanas María Antonia y Juana, viudas ambas, vivían exiliadas en el Caribe. Su compañía más cercana desde entonces fue su mayordomo, un esclavo manumiso amigo de su infancia, llamado José Palacios.
En Bogotá, Bolívar se enamoró de la joven Bernardina Ibáñez. Pronto descubrió que estaba comprometida con un oficial insurgente pero no cejó en su intento y llegó al extremo de buscar la complicidad de Francisco de Paula Santander (su gran aliado y su futuro rival en el gobierno de Colombia) para conquistarla. Bernardina se casó con su prometido y Bolívar, con nobleza, bendijo la unión, pero su obsesión sobrevivió a la muerte del marido y al siguiente e infausto matrimonio de Bernardina, a quien regaló una casa. Fue su amor imposible.

En Quito lo esperaba una sorpresa mayor. Era Manuela Sáenz, la joven esposa de James Thorne, un comerciante inglés. Descrita por un contemporáneo como una mujer de “rostro perla, ligeramente ovalado; de facciones salientes, todas bellas; ojos arrebatadores, donosísimo seno y amplia cabellera”, Manuela se prendó de Bolívar y al paso del tiempo no solo fue su amante sino su soldadera, consejera y eventualmente su libertadora, su doble femenino. Ninguna escena cinematográfica en la vida de Bolívar supera el episodio que ocurriría en Bogotá (septiembre de 1828) en el que Manuela le salva la vida arrojándolo en paños menores por la ventana mientras encara, con increíble presencia de ánimo, a los conspiradores.

La enfermedad se había llevado a sus padres y a su esposa, y en la guerra (que Bolívar, a menudo, asociaba con “un huracán revolucionario”) habían muerto su cuñado y su sobrino. El amor legítimo le estaba vedado y él, de alguna manera, lo eludía. Sus hermanas eran otras: “Debo darles una hermana a las batallas de Boyacá y Carabobo.” Su familia era otra: “Pertenezco a la familia de Colombia, no de Bolívar.” Tal vez esa soledad explica la desesperación postrera, cuando sintió que también esa familia de naciones y batallas se desintegraba.

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Los capítulos finales del libro (escritos con una piadosa empatía que los acerca a El general en su laberinto, la novela de Gabriel García Márquez), describen la caída de un héroe que –como los antiguos– no escapó a las fuerzas del destino desatadas por él mismo. Su materia es la tercera y más controvertida advocación de Bolívar: el fundador de naciones, el “alfarero de repúblicas”. La acción transcurre sobre todo en Perú, donde Bolívar y Manuela comparten una linda finca en las afueras de Lima. Por momentos, al menos en las formas, el libertador se comporta como un emperador de un país que no descifra, recorriendo la sierra inca, dispensando favores y revirtiendo las legislaciones coloniales (con buenos y malos efectos). Los poderes omnímodos que ejerció en el Perú le valieron la censura de los contemporáneos y de la posteridad. En el último tramo, la acción es un vaivén entre Colombia y Venezuela. Fatigado, iracundo, enfermo de la tuberculosis que terminaría con su vida, el libertador busca mantener unida su creación: la Gran Colombia.

Tiempo antes de completar su “Marcha de la Libertad”, Bolívar había comenzado a recelar de las dos corrientes opuestas de dominación crecidas a su amparo: el caudillismo llanero de Páez en Venezuela y el legalismo constitucional de Francisco de Paula Santander en Colombia. Previsiblemente, Arana los demerita a los dos: Páez era un “llanero truculento” y Santander “un general que jamás encabezó una victoria”. Esta continua toma de partido refuerza la línea dramática (perfila a los villanos, enaltece al héroe) pero vuelve predecible y fastidiosa la lectura, distorsiona la realidad y contradice la trayectoria de Páez y Santander que el libro mismo documenta.

La relación de Bolívar con Páez fue siempre de cautela, como el domador con una fiera. Con Santander, más afín en lo intelectual, su vínculo derivó en una creciente exasperación. Nunca entendió ni justificó el apego de Santander y los diputados colombianos a las leyes vigentes: habían edificado, “sobre una base gótica, un edificio griego al borde de un cráter”. En 1826, planteada ya por Páez la futura secesión de Venezuela, Bolívar tronaba contra los “ideólogos”, los “principistas”, los diputados que en la Constitución vigente (promulgada en Cúcuta, en 1821) habían desatendido su proyecto de Angostura a cambio de un diseño federal más clásico que, a juicio de Bolívar, abría el paso a la dispersión y la anarquía: “Bravo, bravísimo. Pues que marchen las legiones de Milton a parar el trote de la insurrección de Páez.”

La Gran Colombia amenazaba con desintegrarse y la solución que halló Bolívar en 1826 fue promover la adopción general de la Constitución de Bolivia que le confería la presidencia vitalicia, con vicepresidencia hereditaria, asamblea de tres cámaras y elecciones restringidas a los ciudadanos solventes e ilustrados: “Se evitan las elecciones que producen el grande azote de las repúblicas, la anarquía, que es el lujo de la tiranía, y el peligro más inmediato y más terrible de los gobiernos populares.” De un plumazo, con ese proyecto secretamente napoleónico, Bolívar perdió legiones de admiradores en el interior y en el extranjero. Benjamin Constant, de quien había extraído varias ideas en La Angostura, lo acusó de ser un “déspota sin más” y Henry Clay, su mayor partidario en Estados Unidos, lo reconvino en términos severísimos. La respuesta de Santander fue republicana: rechazar la Constitución como una “novedad absurda, peligrosa”. La respuesta de Páez fue monárquica: instó a Bolívar a coronarse. A fin de cuentas, Bolívar apaciguó por un tiempo a Páez, doblegó por un tiempo a Santander, pero no logró su propósito de imperar sin corona sobre la Gran Colombia.

Y tampoco logró que se concretara su utopía mayor, el Congreso Anfictiónico de Panamá. Los países convocados se contentaron con ser “parches provincianos, con poca influencia en el ancho mundo”, escribe Arana, radicando la responsabilidad en España (que nunca alentó los vínculos entre sus colonias) y en los caudillos: “Los caudillos persistían en reinar sobre sus pequeños feudos –sus sueños tan limitados como sus habilidades.” Un dato interesante del proyecto (que no se aborda en el libro) es la idea de Bolívar de ofrecer a Inglaterra el protectorado sobre la joven federación.
 
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Bolívar no solo vivía una contradicción insalvable: él mismo era una contradicción insalvable. Se sabía soldado y no gobernante. Le aburrían los pequeños problemas de la vida civil. Declaró una y otra vez: un hombre como él era peligroso para una república. Por lo demás, estaba genuinamente “fatigado de ejercer el abominable poder discrecional”, pero no estaba dispuesto a abandonarlo porque, a sus ojos, solo él tenía la fuerza y la legitimidad para alzarse sobre las facciones y mantener unida a la gran confederación que había creado. Debió serle intolerable desprenderse de ese sueño de gloria.

Ese lauro mayor, la Gloria, es palabra que aparece una y otra vez en sus escritos. No el dinero, no el poder, no el reconocimiento momentáneo sino el eterno. Su sacrificio de todos los bienes materiales (murió en la miseria), sus hazañas y sufrimientos físicos y morales merecían la Gloria, pero solo él podía juzgar la calidad de esa gloria que repetidamente se le ofrecía, y que nunca pareció ser suficiente. Con la biografía de decenas de héroes antiguos en mente (las cartas están pobladas de ellos) Bolívar buscaba el desenlace feliz de su libreto, pero no acertó a imaginarlo. Pudo hallarlo, como San Martín, en la grandeza moral de la renuncia y el exilio. O quizá lo halló, inadvertidamente, en una vieja institución del mundo clásico: el ostracismo.

Pero había otra razón en su apego al mando: el temor a la revolución y la “pardocracia”. Proyectando sobre América la particularidad étnica y social venezolana, proyectando sobre la vida civil la vida militar (y su traumática “Guerra a Muerte”), veía a América como un continente condenado por el pecado de sus “sangres”:

Todo lo que nos ha precedido está envuelto en el negro manto del crimen. Nosotros somos el compuesto abominable de esos tigres cazadores que vinieron a América a derramarle su sangre, y descastar con las víctimas antes sacrificadas para mezclar después los frutos espúreos de estos enlaces, con los frutos de esos esclavos, arrancados de África. Con tales mezclas físicas, con tales elementos morales, ¿cómo se pueden fundar leyes sobre los héroes y principios sobre los hombres? Muy bien: que esos señores teólogos gobiernen y combatan y entonces veremos el bello ideal de Haití; y los nuevos Robespierres serán los dignos magistrados de esa tremenda libertad.

Y sin embargo, Bolívar terminó por entrever la debilidad moral de su criollismo. Y en esos momentos, el fantasma de Piar se le aparecía. En noviembre de 1828, tras el fallido intento de asesinarlo (que de alguna forma atribuía a Santander), escribía el mea culpa de un criollo:
Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar [...] y de los demás que han perecido por la misma causa [...] Lo que más me atormenta todavía es el justo clamor con que se quejarán los de la clase de Piar [...] Dirán, con sobrada justicia, que yo no he sido débil sino a favor de ese infame blanco.
Pero la tensión era insalvable, como demuestra su reacción a la revolución en México. En julio de 1829, lamenta que “la opulenta Méjico” se hubiera convertido en “ciudad leperada”: “nuevos san culotes, o más bien descamisados, ocupan el puesto de la magistratura y poseen todo lo que existe. El derecho casual de la usurpación y del pillaje se ha entronizado en la capital como Rey, y en las provincias de la Federación”. El responsable era Vicente Guerrero, a quien describe así:
Un bárbaro de las costas del Sur, vil aborto de una india salvaje y de un feroz africano, sube al puesto supremo por sobre dos mil cadáveres, y a costa de veinte millones arrancados a la propiedad.
No exceptúa nada este nuevo Dessalines: lo viola todo: priva al pueblo de su libertad, al ciudadano de lo suyo, al inocente de la vida, a las mujeres del honor. Cuantas maldades se cometen, son por su orden, o por su causa.

No por casualidad, tres años antes había escrito a Santander: “Estoy penetrado hasta dentro de mis huesos que solamente un hábil despotismo puede regir a la América.” Un hábil despotismo: el suyo.
La historia inmediata lo desmintió... y confirmó. El “hábil despotismo” del rudo llanero Páez, educado políticamente (y hasta en los modales de mesa) por los ingleses, presidió el arranque de la institucionalidad republicana de Venezuela, que sería precaria pero no siempre anárquica. En cuanto a Santander, el “petulante hombre de las leyes”, fundó sobre bases sólidas, sin despotismo alguno, la vida constitucional colombiana, que con toda su endémica violencia, ha durado 183 años. Pero en “la opulenta México”, Bolívar con el tiempo acertó en predecir el advenimiento de un “hábil despotismo” casi copiado de la Constitución de Bolivia: el régimen de Porfirio Díaz.
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Fue un buen lector y aún mejor escritor. “He leído mucho, y sobre todo cultura clásica”, apuntaba en una carta de 1825. Su biblioteca portátil, además de Plutarco, Montesquieu, Maquiavelo, Rousseau y Benjamin Constant, incluía entre otras obras La Ilíada y La Odisea, los Comentarios de César, nueve volúmenes de Federico el Grande, La riqueza de las naciones y The Federalist, en el original. Pero sus lecturas no eran contemplativas sino urgentes y prácticas, lo cual contribuye a hacerlo un escritor sorprendentemente moderno, dueño de una prosa firme, directa y clara. Y su modernidad no es solo estilística sino política, porque los complejos problemas de legitimidad y diseño constitucional que enfrentó siguen siendo los nuestros. La consolidación de un orden republicano que con sus debidos equilibrios evite la tiranía y la revolución sigue siendo un tema vigente en América Latina.
Es lamentable cómo las lecturas posteriores distorsionaron la originalidad de su proyecto republicano. Bolívar no fue un determinista social o un darwinista, ni un profeta romántico del nacionalismo iberoamericano opuesto por razones de raza y cultura al mundo anglosajón (que admiraba). Tampoco fue un precursor del fascismo italiano ni del franquismo (que lo quisieron reivindicar como propio), mucho menos el padre de esa rara especie de teocracia revolucionaria erigida sobre su nombre, como la que impera en Venezuela.

Nada más lejano a su ideal republicano. Hugo Chávez llevó el culto a Bolívar –tradicional en Venezuela desde mediados del siglo xix– a extremos desconocidos de deificación propagandística: sostuvo que la historia se había detenido en 1830 (año de la muerte del libertador) pero recomenzaba en 1999, con la llegada del nuevo Bolívar (el propio Chávez). Y fue más lejos: cambió el nombre del país a “República Bolivariana de Venezuela” y decretó que Bolívar había sido un precursor del socialismo del siglo xxi, un enemigo del imperialismo y hasta descendiente de una esclava. En las reuniones de gabinete dejaba una silla vacía junto a la suya para compartir el gobierno con el espíritu del héroe y presenció personalmente la exhumación de sus restos para demostrar su convicción de que había sido envenenado. En pinturas murales de las calles de Caracas era común ver la imagen de Chávez junto con las de Bolívar y Cristo, formando la Santísima Trinidad de la Revolución.

Bolívar, el republicano, se volvería a morir (o volvería a tomar las armas) ante el ascenso de un clásico demagogo que para colmo encarnó la revolución social que Bolívar siempre temió y repudió. Su vinculación con la tradición socialista es simplemente falsa, además de anacrónica. No obstante, si miramos de cerca, Chávez fue genuinamente bolivariano en dos aspectos: su óptica militar de la vida civil y su sueño de ocupar la presidencia de manera vitalicia. Y hay al menos un ámbito en el que cabe argüir que Chávez, con toda su desmesura, pudo haber representado un avance con respecto a su héroe: alentó la participación política de las mayorías étnicas. Por desgracia, Chávez incurrió en la tentación opuesta: el racismo contra los blancos.

Bolívar permanece inabarcable: un personaje del mundo clásico extraviado en el paisaje extraño y hostil de la América española; un patriarca criollo sobre un volcán a punto de estallar, un héroe republicano en busca de Gloria. En aquel poema en prosa, en una hipérbole abstracta, típica de la época, Bolívar refirió cómo “el Tiempo mismo” lo reconocía. En el tiempo real, el histórico, el nuestro, hay pocos personajes a tal grado dignos de ese reconocimiento. ~

Una versión de este ensayo aparece en The New York Review of Books del 6 de junio de 2013.
 

jueves, 30 de mayo de 2013

CANNES 2013 HOMENAJEA A JERRY LEWIS (Diario LA RAZÓN de Bolivia)

 

Con 87 años y una energía desbordante, Jerry Lewis se hizo hoy el dueño de Cannes con humor, ironía e inteligencia. Dijo ser un "payaso loco", aseguró que Cary Grant y Burt Reynolds eran "las" mejores humoristas que había conocido y desconcertó a todos al bromear sobre Dean Martin.

"Dean Martin. Está muerto, ¿lo sabe?", afirmó muy serio el actor ante la pregunta de un periodista por la relación entre ellos. Y ante las carcajadas de los asistentes añadió: "Cuando llegué aquí y vi que no estaba supe que algo iba mal".
 
Lewis está en Cannes para presentar, fuera de competición y en sesión especial, la película "Max Rose", en la que interpreta a un pianista de jazz retirado que, tras la muerte de su mujer, descubre que su idílico matrimonio de más de sesenta años, no era tan perfecto como aparentaba.
 
Con jersey rojo y camisa amarilla, Lewis entró caminando con cierta dificultad en la sala de prensa donde recibió un caluroso aplauso por parte de los periodistas, ya entregados antes de empezar la intervención del cómico.
 
Lewis tomaba fotos con su cámara a los fotógrafos que le captaban a él, interrumpía a sus compañeros de equipo y contestaba cualquier cosa cuando una pregunta no le parecía interesante o, simplemente, no la escuchaba bien.
 
"¿Por qué está usted gritando?", interrumpió el actor a un periodista que hacía una pregunta, a quien pidió que bajara el tono de voz. Cuando volvió a tomar la palabra, Lewis apostilló: "habla más alto".
 
Y a una de las azafatas que pasaba el micrófono le preguntó: "¿Está usted esperando un sitio?". Entre las bromas, las risas y su evidente sordera, Lewis se perdía en algunas de las preguntas, cosa que no le importaba en absoluto. Decía muy serio por detrás a sus compañeros de filme: "estoy diciendo cualquier cosa y cree que estoy contestando a la pregunta".
 
Los aplausos y las risas interrumpieron en varias ocasiones una rueda de prensa que precedía al homenaje que esta noche le dedicará el Festival de Cannes a uno de los actores cómicos más importantes de la historia del cine y cuyo único Óscar es un premio humanitario recibido en 2009.
 
El protagonista de "The nuty professor" parecía que bromeaba hasta cuando hablaba en serio, como cuando dijo que una película que rodó en 1972, "The Day the Clown Cried" y que no se ha estrenado nunca, es demasiado mala para que la vea nadie.
 
"Es mala porque yo perdí la magia", dijo Lewis de un proyecto del que hizo el guión y se ocupó de la dirección. "Nunca la veréis", aseguró el actor, quien explicó que se trata de una decisión que no mucha gente hubiera adoptado.
 
Pese a esa película, reconoció estar orgulloso de su larga carrera y de que el amor haya sido el ingrediente básico en todos sus proyectos. Y especialmente contento del papel que interpreta en "Max Rose", tan alejado de cualquier cosa que haya hecho antes.
 
Un drama, completamente diverso de la comedia, el género en el que mejor se ha movido el actor, es el regreso de Lewis al cine después de 18 años en los que tan solo ha hecho algunas apariciones en series televisivas.
 
En una de ellas, "Law & Order. SVU", coincidió con Richard Belzer, que acompañó a Lewis en Cannes, sentado entre los periodistas de la sala.
 
En "Max Rose", el realizador Daniel Noah buscaba a un actor para hacer el papel protagonista y en un primer momento pensó en Dustin Hoffman o en Robert de Niro, pero quería a alguien de más edad y el papel recayó en Lewis.
 
Un Lewis que tuvo que olvidarse de sí mismo para hacer el papel.Tuvo que alejarse de sus "valores cómicos" y centrarse en la belleza de la historia, porque el director le dijo que había demasiados elementos en él del "loco Jerry".
 
"Es muy difícil para el loco payaso que he sido durante 60 años que me pidan que algo diferente", agregó.
 
Pero eso fue lo que hizo porque el guión era el mejor que leía en 30 años, le encantó y decidió hacerlo. "Fue (una decisión) muy rápida. Trajo tres millones y dijo, eso es perfecto", explicó el actor entre las risas de los periodistas y de sus compañeros de la película, entre los que se encontraba el compositor francés Michel Legrand.
 
Pero entre broma y broma, el actor tuvo tiempo también de lamentar que a la gente mayor se le ponga a un lado y no se les preste atención, de pedir que el amor siga siendo el valor que mueva todo y de sentenciar con una definición del humor.
 
"El humor es humor. Las risas son risas. Si haces que el humor sea divertido, la gente se reirá".

Fuente: La Razón, Bolivia
Más información: http://www.la-razon.com

sábado, 16 de marzo de 2013

VIGGO MORTENSEN Y LISANDRO ALONSO JUNTOS EN PROYECTO CINEMATOGRAFICO

Viggo Mortensen, inmerso en un "cuento raro" del argentino Lisandro Alonso


Un "cuento raro" del realizador argentino Lisandro Alonso es uno de los múltiples proyectos en los que está inmerso el polifacético actor neoyorquino Viggo Mortensen, quien también está a punto de publicar un libro de fotografía y prepara un guión para dirigir algún día su propia película.

"Los de Lisandro siempre son cuentos que desde el punto de vista del espectador común y corriente son bastante extraños", explicó hoy Mortensen en una entrevista con Efe durante la promoción en EE.UU. de su último trabajo, la coproducción hispanoargentina "Todos tenemos un plan" (2012).

El actor, criado en Argentina, aseguró que las películas de Alonso ("Los muertos", "Fantasmas") se parecen en ocasiones a las del cineasta ruso Andrei Tarkovsky, porque tienen un "ritmo más lento, un desarrollo más extraño, perturbador, diferente a lo que se suele encontrar".

Con él ha estado trabajando para construir su personaje, pero también para aportar "muchas ideas" a esta nueva película, que califica como "un cuento bastante raro pero que se entiende, otra aventura", producto de la colaboración entre Alonso y el "talentoso" poeta argentino Fabián Casas.

En este filme Mortensen encarnará a un militar danés que se traslada a Argentina para luchar en la Conquista del Desierto (1878-1885), cuando "el ejército argentino estaba abriendo la frontera, por decirlo de forma amable, porque en realidad estaban matando a un montón de indios".

El oficial, que participó en Dinamarca en la Guerra de los Ducados, acude al país suramericano acompañado de su hija adolescente, quien se enamora de un soldado argentino y se escapa con él a la entonces peligrosa llanura pampeana, por lo que su padre decide ir en su búsqueda.

"Para mí es un desafío interesante, porque con ella (la hija) y otros personajes tengo que hablar danés, que lo manejo gracias a mi padre, pero después tengo que hablar español con un acento marcado danés, creo que voy a tener que imitar a mi padre", dice entre risas el actor.

La película de Lisandro Alonso llevará de nuevo a Mortensen a Argentina, donde, pese a haber pasado años durante su infancia, no había rodado nunca hasta "Todos tenemos un plan", la ópera prima de la argentina Ana Piterbarg en la que aborda por primera vez un papel doble, los gemelos Agustín y Pedro.

El filme se estrenó en septiembre pasado en Argentina y España, pero se proyectará por primera vez en Estados Unidos mañana como parte del Festival Internacional de Cine de Miami, al tiempo que habrá que esperar hasta el 22 de marzo para su estreno en los cines de Nueva York y Los Ángeles.

"No es una película que se digiere fácil, pero espero que guste", dice el actor, que lamenta que no se vaya a estrenar a la vez en más ciudades estadounidenses con una elevada población hispana, como Tampa, Miami, San Antonio o Houston, aunque confía en que paulatinamente vaya llegando a más puntos de este país.

Pero la promoción de "Todos tenemos un plan" y el proyecto con Lisandro Alonso no frenan a Mortensen, que además está trabajando en la adaptación al cine de una novela que transcurre en el siglo XIX, un relato sobre los aborígenes norteamericanos llamado "El cazador de caballos".

"Lo estoy escribiendo lo mejor posible aunque sé que pueden pasar años hasta conseguir el dinero para poder hacerlo, y cuando se trata de una ópera prima es más difícil", reconoce el neoyorquino, quien recuerda que incluso directores de renombre como David Cronenberg (con quien ha trabajado en tres filmes) tardan años en financiar sus películas.
Por si fuera poco, el también poeta, editor y fotógrafo tiene previsto publicar en abril próximo el primero de tres libros de fotografía vinculados con la antropología y trabajos etnográficos realizados en Argentina a finales del siglo XIX y principios del XX, "Hijos de la selva".

Fuente y más información: www.lainformacion.com

martes, 26 de febrero de 2013

LA NOCHE MÁS OSCURA - DOSSIER (Varios)

 

Una dura en Hollywood

La película La noche más oscura está centrada en los diez años de investigación y búsqueda que llevaron a la caza, captura y muerte de Osama ben Laden. Hablar con su directora, Kathryn Bigelow, también llevó su tiempo. Es la realizadora más buscada y quizá por ello también la más huidiza. Dos ciudades, Nueva York y Los Ángeles, dos estudios y dos relaciones públicas (para una mujer que dice no tener más representante que su agente y que se mueve fuera del Hollywood con mayúsculas) fueron necesarias para conseguir una entrevista en la que Bigelow, de 61 años, no se siente cómoda. "Estoy acostumbrada a estar detrás de las cámaras, no a tenerlas delante, a sentirme secuestrada", confiesa a pesar de su evidente seguridad.
 
Dio todo tipo de excusas. Últimos toques de posproducción; que si estaba muy ocupada con la campaña publicitaria de esta controvertida cinta, donde siempre compareció arropada por su guionista, Mark Boal. Incluso hubo quien citó una enfermedad futura, como si esta amazona escultural cuya planta poco dice de su edad pudiera caer enferma a voluntad. Lo último fue una afección de garganta de la que no queda rastro cuando finalmente se sienta a hablar. "Supongo que uno se acostumbra a todo porque ayer perdí la voz por completo", se ríe de sus excusas esta mujer, dura de pelar. Quizá la más dura de Hollywood. Una mujer que hizo historia. La primera realizadora que consiguió un Oscar en esta categoría, arrebatándoselo a James Cameron, con quien dos decenios antes estuvo casada.

Ese triunfo data de 2010. Con Vivir al límite, además del Oscar a la mejor dirección, obtuvo otras cinco estatuillas, mejor película incluida. Su film sobre el asesinato de Bin Laden escuchará el veredicto de la Academia el 24 de febrero.

Parece evidente que esta realizadora, que también trabajó como modelo y actriz, no se dio tiempo a descansar. Tras el éxito alcanzado, se sumergió en la mayor operación de caza y captura que hubo nunca centrada en el hombre más buscado de la historia reciente: Osama ben Laden. Un proyecto en el que empezó a trabajar junto a Boal antes de ese 2 de mayo de 2011 que lo cambió todo, cuando un equipo de elite del Ejército estadounidense dio muerte al líder de Al-Qaeda en Abbottabad, en la frontera de Paquistán.

"Estábamos trabajando en un proyecto sobre la captura que nunca llegó a ser, cuando estuvieron a punto de darle caza en las montañas de Tora Bora en 2001." Iba a ser la historia de un fracaso. Y luego, como le gusta repetir a Bigelow, "la historia se puso en nuestro camino". Se refiere al mensaje del presidente estadounidense, Barack Obama, a la nación confirmando la muerte de Ben Laden. Fue un duro punto de inflexión, donde tuvieron dos opciones: tirarlo todo y olvidarse del proyecto o comenzar de nuevo. Bigelow, siempre dada al camino más difícil, optó por lo segundo. "Y Kathryn siempre tiene razón", admite el guionista. "Sentimos la necesidad de contar la búsqueda y captura del hombre más peligroso del mundo desde la perspectiva de la gente de a pie, de aquellos en el centro de la operación, mujeres y hombres en el servicio secreto encargados de buscar una gran aguja, sí, pero en un gran pajar. La curiosidad de desvelar con fidelidad todos los misterios y preguntas abiertas en este extraordinario viaje en el que estuvimos embarcados la última década." De nuevo las palabras de Obama fueron críticas en su decisión. Como dijo el presidente estadounidense en su mensaje ese 2 de mayo al agradecer su labor al servicio secreto y otras agencias involucradas en la operación, "el público no ve su trabajo ni sabe sus nombres, pero hoy sienten la satisfacción de su trabajo y ven el resultado de su lucha por la justicia".


Seria, aunque de sonrisa fácil
 
Facciones duras, suavizadas por la media melena lisa que se recoge en una cola de caballo cuando se pone detrás de la cámara. Con una voz más juvenil y menos grave de la que se espera de una mujer atraída siempre por los temas más duros. Con aspecto de estricta gobernanta, Bigelow asegura que, pese a lo que se puede leer de sus últimos trabajos, no se considera una persona política. "Son las historias de actualidad las que me interesan, su inmediatez, su cercanía, el hecho de que se desarrollan en el mundo en el que vivimos. Éste es un momento histórico que nos ha tocado vivir y no me puedo imaginar otro igual", añade en referencia a la película, que se estrenará el 31 de este mes.

Ésta es una historia también difícil, porque precisamente esa inmediatez, esa cercanía a los hechos que narra, la sitúan fácilmente en tierra hostil por todos los flancos. Quizás en el único donde se vio arropada fue en el campo de la financiación, avalada por el Oscar conseguido y un tema de actualidad entre manos. "Pero como soy muy específica en el material que me interesa, la disponibilidad de fondos tampoco cambió tanto", reconoce sobre esta producción independiente de 30 millones de dólares.

Todo lo demás fue de locos, aunque eso no lo escucharán nunca de sus labios. "Ella sólo piensa en su siguiente plano, en mantenerse dentro del presupuesto. Nada más. Pocos directores en esta ciudad serían capaces de enfrentarse a este material con su bravura y arte", retoma el guionista, cuya camaradería con Bigelow, 20 años mayor que él, insinúa otro tipo de relación más allá de la profesional. El profesor y la capitana, los bautizaron, respectivamente, Jessica Chastain y Edgar Ramírez, los principales protagonistas de La noche más oscura. El film contó con 120 papeles con diálogo, rodado en tres continentes con 112 sets, incluida una réplica de la casa fortaleza de Abbottabad construida en Jordania, cerca del mar Muerto.

Esta película fue como volver a la escuela por la cantidad de libros que leímos. Trabajé mano a mano con Mark, con quien revisaba los diálogos para ser lo más fieles y correctos posible. De ahí el mote", recuerda la actriz, reciente ganadora de un Globo de Oro y candidata al Oscar por el papel de Maya, la agente de la CIA en el centro de la investigación. Un personaje que en el reciente libro Un día difícil (ver aparte), escrito por uno de los miembros de las fuerzas especiales que formaron parte del asalto a Ben Laden, se llama Jen y está inspirado en una o varias personas que tomaron parte en la búsqueda. Porque, como insisten Boal y Bigelow, todo lo que figura en la película está basado en testimonios obtenidos de aquellos que tomaron parte o estuvieron relacionados con la búsqueda y captura.

"Con el antecedente de Vivir al límite [sobre una brigada estadounidense antiexplosivos en Irak] hubo esa confianza de que tanto Mark como yo trataríamos la historia con respeto y fidelidad. Y Mark escribió un guión magnífico, que fue un regalo que me puso en las manos. Los realizadores, al igual que los periodistas, tenemos un deber cuando tratamos la historia que nos rodea, la que se está desarrollando mientras rodamos", insiste Bigelow. Un trato preferente que en ningún caso hace referencia a la polémica que rodea a este trabajo en EE.UU., donde desde su concepción fue acusado de contar con acceso a información clasificada. Algo que tanto Boal como la directora niegan categóricamente. "Nunca solicitamos material clasificado ni somos conscientes de que nos fuera proporcionado", se escudan.

También aseguran que, pese a lo repetido entre la oposición a Obama en este año electoral, la película nunca tuvo "una agenda política", y que, dentro de la fidelidad a lo que ocurrió, no es un documental ni lo pretende ser. Protege los secretos y la identidad de aquellos que participaron. Pero ambos coinciden en que el personaje de Maya o Jen, o comoquiera que se llame la persona en la que está inspirada, existe y es una mujer. "Ésa fue mi mayor sorpresa. Saber que era una mujer la persona en el centro de esta operación, maravillarme de ello y sorprenderme de mi sorpresa porque era una mujer", afirma Bigelow. "Con esa idea de Jason Bourne / James Bond que tenemos en la cabeza cuando hablamos del servicio secreto, la importancia que tienen las mujeres en la CIA también fue una sorpresa para mí", corrobora Boal.

La capitana sabe lo que quiere

Lo de capitana se lo inventó el actor venezolano Edgar Ramírez y es fácil de ver cuando Bigelow da ejemplos de un rodaje que también utilizó la India como doble de Paquistán. "Era cine de guerrilla. Kathryn y yo tuvimos que huir literalmente de uno de los sets cuando se organizó una manifestación en contra de la película (por parte del grupo de ultraderecha hindú Vishwa Parishad), fruto de las tensiones entre Paquistán y la India. Nos largamos y seguimos filmando en otras calles, sin que cortaran el tráfico ni nada, con Kathryn y su camarógrafo en la furgonetita en la que yo iba con los actores", recuerda el actor. "Luego, en el rodaje, es una mujer muy sólida que sabe exactamente lo que quiere. Mantiene un balance perfecto entre mostrarse fuerte y directa con ser dulce y generosa. Y siempre segura. Ése es su secreto: sabe mantener la calma porque tiene muy claro lo que quiere."

Los halagos son precisamente lo único para lo que Bigelow no está preparada. En lugar de aceptarlos con gracia o desmentirlos entre muestras de falsa modestia, la californiana prefiere no darse por aludida. "No sé cómo responder a algo así", es lo único que articula ante la crítica de la revista Time sobre La noche más oscura, que la describe como la realizadora "con más cojones" en EE .UU. Antes prefiere atribuir halagos a su reparto, especialmente a Chastain, de quien dice que es "una persona que no le teme a nada" y es a la vez capaz de "humanizar" esta caza con su amplio registro para los pequeños detalles.

También tiene palabras de amor para el resto de sus actores una directora conocida por sacar lo mejor de cada uno. Es la mujer que descubrió a Keanu Reeves como un actor de acción con Punto límite, mostró las sutilezas de un Ralph Fiennes en Días extraños y dio una carrera a Jeremy Renner con Vivir al límite. "Siempre busco buenos actores, con una sólida carrera, pero especialmente en esta ocasión no quería que su nombre o interpretaciones pasadas interfirieran con lo que ves en la pantalla." Aun así, Chastain prefiere recordar la generosidad de esta capitana. "Hacer La noche más oscura fue muy duro por el lugar donde rodamos, por las escenas de tortura y sobre todo porque el personaje es completamente diferente a mí. Yo soy todo risas, y Maya sólo tiene una idea en la cabeza: capturar a Osama ben Laden. Pero Kathryn fue genial. Sabía de mi amor por los animales, lo mismo que ella, y no hacía más que mandarme videos de perros adoptados o cosas así. Es incapaz de perder su humanidad. Bajo ninguna circunstancia".
¿Kathryn Bigelow viendo videos de gatitos en YouTube? Una imagen difícil de asimilar.

Pero la realizadora ha demostrado ser una mujer de contrastes. Alguien que nunca pensó en dedicarse al cine y encontró en la pintura su salida artística, centrándose en el estudio y producción de piezas conceptuales bajo el ojo crítico de Susan Sontag o Richard Serra. "De ahí que mi conocimiento de cine sea limitado", dice, ahora sí que con falsa modestia. Porque Bigelow es una de esas mujeres que parecen haberlo visto todo, aunque no presuma como un Tarantino. Además de reconocer entre sus influencias a clásicos como Stanley Kubrick o Alfred Hitchcock, hablando con ella aflora su deseo por descubrir nuevos talentos en todo lo que comen sus ojos. "También me dejaron una profunda huella películas como Apocalypse now! o El francotirador. Lo interesante de esas películas, de los films de Vietnam, es que informaron así de un tema que nunca habría tenido la oportunidad de conocer de primera mano. Me iluminaron y me educaron. De ahí que veo clara la responsabilidad social y el compromiso del cine que quiero hacer, ese en el que muestre la realidad del mundo en que vivimos o de los momentos extraordinarios que nos ha tocado vivir."

Su deseo, insiste, es ser honesta con lo que ocurrió y socialmente responsable. Por eso, su nueva película arranca con una pantalla en negro y el documento sonoro de lo que ocurrió en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, que a continuación contrasta con el trato de abusos y tortura -o "técnicas mejoradas de interrogatorio", eufemismo con el que prefiere describir lo que ocurrió en Guantánamo- a los detenidos. Aquí Boal lleva la voz cantante al hablar de las diferentes reacciones o la controversia que generarán estas imágenes. Como dice, nunca fue su intención ni la de Bigelow mostrar la versión de la Casa Blanca. "Estas instancias son parte de nuestra historia. Y entre los múltiples métodos utilizados en la búsqueda de Osama ben Laden, éste fue uno de ellos". Bigelow ha sido censurada a menudo por su gusto hacia un mundo de violencia explícita. Reconoce que su contacto cercano en sus últimas películas con los diferentes operativos, ya sean militares o del servicio secreto, le han dado otra visión hacia ellos. "He sentido de cerca la psicología, dedicación e inteligencia que existe entre estos grupos de fuerzas especiales, con una capacidad de tomar decisiones de vida o muerte en una fracción de segundo. Me dejaron impresionada." Sin embargo, si algo sorprende de la operación en su nueva película es lo poco que se ve. Haciendo honor a su título, la ofensiva está filmada en la más completa oscuridad, utilizando en las cámaras las mismas gafas nocturnas que usaron las fuerzas especiales durante el asalto. "Mark escribió un verdadero testamento de lo que ocurrió en esa búsqueda, una narrativa que confío que el público disfrute, además de que conozca así la historia. Porque todos sabemos el final, pero no lo que pasó hasta llegar a ese momento."

El final de la cacería es por todos conocido. Pero quizá no así el final abierto por el que directora y guionista optan para la película, con una inocente pregunta sin respuesta a la protagonista de esta búsqueda. Y ahora, ¿qué? ¿Adónde vamos? "Es una pregunta importante. Como país, como cultura, ¿adónde nos dirigimos ahora?", reflexiona una mujer que admite siempre estar dispuesta a mantener el diálogo vivo, a preguntar lo que haga falta. "También estoy fascinada por cómo funciona el mundo y sigo siempre a la búsqueda de respuestas. Y por supuesto que soy una optimista, además de alguien que vive siempre con esperanza", resume la cineasta, en lo más parecido que su cerrazón personal le permite presentar como una declaración de principios.
 
 
Entre premios y proyectos
 
  • ÚNICA En 2010, con Vivir al límite, Bigelow le arrebató la estatuilla a mejor película a su ex marido James Cameron y su Avatar, además de llevarse el de mejor directora. En los 82 años de la Academia sólo tres mujeres habían sido nominadas, pero únicamente ella lo obtuvo. "No estaría acá si no fuera por Mark Boal", dijo entonces. La pareja nunca reconoció su relación.
  • AUSENTE Que no quedara nominada como directora en los Oscar 2013 por La noche más oscura fue una sorpresa. Esta noche, la actriz de ese film, Jessica Chastain, intentará imponerse en los Screen Actors Guild Awards (SAG, emite TNT). El 10 de febrero, Bigelow tendrá su revancha como realizadora en los Bafta. Y el 24, en los Oscar, será la hora de la verdad para su nueva película.
  • TRIPLE FRONTERA Tom Hanks y Johnny Depp estarían al frente de este proyecto que la realizadora tiene en carpeta y con el que espera meterse en el encalve ubicado entre la Argentina, Paraguay y Brasil.

Por Rocío Ayuso
Fuente y más información: www.lanacion.com

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Slavoj Zizek también ataca el film de Kathryn Bigelow
 
 

Desde las páginas del diario británico The Guardian, el autor de Violencia en acto respondió a una carta que la realizadora hizo llegar al periódico estadounidense Los Angeles Times argumentando sobre el derecho a "representar" algo —la tortura, en este caso— sin que eso implique "respaldarlo".

"Para quienes trabajamos en las artes sabemos que representar no es respaldar. Si lo fuera, ningún artista podría pintar prácticas inhumanas, ningún autor podría escribir sobre ellas y ningún cineasta podría sumergirse en los asuntos más espinosos de nuestra época", escribió Bigelow.

Zizek respondió que "la normalización de la tortura en `La noche…` es un síntoma del vacío moral al que nos acercamos gradualmente. Si hay alguna duda de esto, hay que tratar de imaginar alguna película importante de Hollywood en que se retrate la tortura de una forma similar en los últimos 20 años. Es impensable".

El film será estrenado en la Argentina el próximo jueves y llega precedido por una serie de consideraciones morales y estéticas que no sólo aseguran un éxito de público casi seguro sino también la reactivación de una polémica que no es tan fácil de zanjar por mucha pericia o dinero que haya en juego.

La ideología de un objeto artístico ¿se corresponde punto por punto con aquello que se pretende representar, si es que lo pretende; las opiniones políticas de un autor, con la circulación social de su obra?

Las cosas se complican porque la película de Bigelow no es un equivalente de "La fiesta de todos" (la pieza de Sergio Renán que saludaba el triunfo de la selección argentina de fútbol en el Mundial 78), así como tampoco alcanza la perfección formal de "El triunfo de la voluntad", que convirtió a Leni Riefenstahl en la cineasta favorita de Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Reich.


El aspecto común entre las tres películas probablemente sea la financiación; nadie dijo que el Pentágono o la CIA pusieron dinero para “La noche…” pero es indudable que buena parte de los pasos de la operación que se narra salieron de algún lugar cercano a ese edificio. Por lo demás, descartar lo del dinero sería arriesgado. Y en los otros casos, una irresponsabilidad.

Y una irresponsabilidad también comparar la propaganda política de la patria futbolera con la seguridad y elegancia de Bigelow para filmar una posible reconstrucción histórica que puede pasar como una muestra de objetividad cinematográfica, pretensión que no tuvo Riefanstahl, quien jamás negó su credo y que con una cámara era capaz de retratar un congreso partidario donde las galas de la masa con el líder podrían estar ocurriendo en Múnich como en la Roma de las Lupercalias.

La responsabilidad política es inevitable en los tres casos. "La noche más oscura" no tiene nada de objetiva, sus recursos fílmicos son impecables y la trama (incluyendo el elogio de la predestinación de raíz luterana que asalta a la protagonista) es tan llevadera como en cualquier película de género, sea de James Bond o "El loco de la motosierra"”—donde las cuotas de violencia son tan altas que no escandalizan a Zizek, tampoco a los indignados progresistas neoyorquinos ni a los locales.

Bigelow sabe de la tortura; el truco de la objetividad le permite traficar la idea de que someter a alguien a picana eléctrica es por razón de Estado. La misma falacia atraviesa Stanley Kubrick en "Full Metal Jackett", Francis Ford Coppola en "Apocalypse Now" y Terrence Malick en "La delgada línea roja".


Esa falacia no atraviesa a "Un condenado a muerte se escapa", de Robert Bresson; tampoco a "La Chinoise", de Jean-Luc Godard. ¿Será que Bigelow es un avatar de la libertad de expresión y Zizek un bolchevique irredento? La libertad de expresión es imprescindible para calcular, servir al amo que se desee y filmar.

El apuro de Zizek redunda en propaganda para Bigelow. La tortura no desaparecerá con los comités de ética que suelen crear los mismos estados que la practican.

Se trata de una película. Y nada más: mercancía para la sociedad del espectáculo. ¿Es cierto lo que se cuenta, no es cierto, importa que lo sea? Importaría que Bigelow (o sus actores) dijeran que la guerra en el Medio Oriente es un objetivo estratégico de la Casa Blanca, sea demócrata o republicana.

De lo contrario es pensar que la filosofía de Martin Heidegger, rector de la Universidad de Friburgo en 1933, autorizaba la práctica política nazi; o que los opúsculos de Ezra Pound, la de Mussolini.

Heidegger nunca se disculpó por ese año en los claustros fascistas, pero es lógico si se está convencido, como se sospecha lo estaba, que no hay una relación axiomática entre la vida de las personas y sus producciones literarias, científicas, cinematográficas o filosóficas.


Fuente y más información: www.telam.com.ar

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LA DONCELLA Y LA MUERTE
 
Cuando los militares bolivianos cometieron la –para ellos– hazaña de matar a Ernesto Che Guevara, se sintieron orgullosos. Tanto, que lo mostraron al entero mundo en el piletón de Vallegrande. Ahí estaba el invencible Che, muerto. Ahí estaban ellos, vivos y vencedores. Que el Che, con su milagrosa sonrisa, con sus ojos, aun muerto, abiertos, les arruinara la fiesta, al punto de que el mundo vio al más bello muerto de la historia rodeado de sus asesinos y burlándose de ellos con su sonrisa, con sus ojos pícaros, tal como los tenía cuando andaba de un lado a otro por el planeta, es otra cuestión. Los militares reprodujeron el famoso cuadro de Rembrandt sobre la lección de anatomía: señalaban que los balazos habían entrado por aquí y por ahí y por allá. Ahora viene la pregunta que todos (menos los norteamericanos) se han hecho: ¿alguien vio muerto a Osama bin Laden? Nadie. Y si esperan verlo en la película de Bigelow, olvídense. Van a ver un poco de cierta barba blanca y los orificios de una nariz con algún toque de sangre. ¿Alguien vio cuando lo tiraron al mar? ¿Tomaron fotos de algo sus sacrificadores? Nada. Y cuando llegó la noticia del eterno ocultamiento en el mar todos –en la Argentina y en muchos países del mundo– dijeron: mentira, nos toman por idiotas. O no lo mataron o lo mataron hace tres o cinco años y recién ahora (vaya uno a saber por qué) la CIA nos lo hace saber.
 
Tomarnos por idiotas es lo que se proponen, pero en concepciones conspirativas de la historia los argentinos somos maestros. ¿Por qué nos escamotearon a Osama? ¿Por qué lo tiraron al mar? ¿A quién tiraron al mar? ¿No tienen una foto para mostrarnos? ¿En la palabra de quién tenemos que creer que semejante archivillano ha sido abatido y el vencedor es parco en exhibir y probar exhaustivamente su triunfo y hasta su gloria? Además, ¿alguien cree todavía que el acontecimiento histórico universal de las Torres Gemelas no tuvo aliados internos? 1) Legitimó el triunfo electoral de Bush, que había sido todo menos transparente. A partir de ahí se transforma en el líder de la nueva cruzada: The President takes charge, dicen entusiastas varios magazines; 2) Se legaliza la guerra contra Saddam Hussein y la invasión a Irak. Guerra que todavía continúa y que ya ha tenido un costo de vidas altísimo. Y que ha recurrido a la tortura (tarea de inteligencia) y ha instalado innúmeros campos de concentración, no detectables por los satélites pues sólo los tienen EE.UU. o sus buenos aliados del Occidente capitalista y cristiano. La guerra de Irak está sostenida por el ataque a las Torres. Y la tortura sigue siendo (y seguirá siendo) la más efectiva de las tareas de inteligencia. Por si hiciera falta: la película de Bigelow lo demuestra. Ya lo había demostrado la casi intolerable Unthinkhable y el fanático agente Jack Bauer en 24 de la cadena Fox, propiedad del derechista Rupert Murdoch, zar de los medios. Ahí se entroncan los medios con los guerreros de la democracia, tortura mediante.

LAS LAGRIMAS DE LA COMANDANTE
 
Los norteamericanos no inventaron esto. Fue obra de los franceses. En Indochina y en Argelia impusieron la teoría de la Defensa Nacional. Su herramienta principal de inteligencia: la tortura. “La legalidad es incómoda, coronel”, heroicamente le dice un periodista francés (que, sin duda, había leído a Sartre) al coronel Mathieu. Su respuesta (notable) ya es bastante conocida: “La cuestión no es la tortura. La cuestión es si Francia se queda o no en Argelia. Si se queda, no me pregunten por los métodos que utilizo para lograrlo”. La valiente, obstinada agente de la CIA Maya (la actriz Jessica Chastain, que ganará su Oscar pese a su voz poco atrayente, aguda hasta un poco más allá del registro de una gran actriz) podría decir a quienes la denuesten: “La cuestión no es la tortura. Es si ustedes quieren o no que atrapemos a Osama. Si lo quieren, no me pregunten por los medios que utilizo para conseguirlo”. Porque en el film de Bigelow los medios por los que se atrapa de Osama son: 1) La terquedad de la agente Maya. Su obstinación casi enfermiza. “Los de Washington dicen que es una asesina”, le comenta un hombre del Departamento de Estado a otro. Así nomás, al pasar. Maya, la heroica y terca protagonista, es una asesina según las altas fuentes de Washington. Luego Maya presencia las torturas y aunque algún mohín de disgusto expresa su linda cara, de ningún modo intenta impedir ninguna atrocidad. Las atrocidades de las torturas mienten. La principal y casi única es la que aquí conocemos como “el submarino”. ¡Qué piadosos los de la CIA! ¿No averiguaron los métodos de inteligencia de los militares argentinos? El empalamiento, la picana, la tortura delante de los hijos, la violación de las mujeres, el robo de los bebés, el asado de los prisioneros, vivos o muertos, los vuelos de la muerte, etc. O sea, Bigelow muestra una tortura light.
 
Sin embargo, su fiel torturador dice una frase decisiva ante el capo de la CIA (James Gandolfini): “Todo esto se basa en informes de los presos. Hay un 60 por ciento de posibilidades de encontrar a Osama”. Maya (que comparte la idea de que todo se basa en el testimonio de los presos) dice, contundente, “Hay un ciento por ciento. O, para no asustar sus cojones, caballeros, digamos un 95 por ciento. ¡Pero es un ciento por ciento!”. ¿Quién es Maya, personaje que se devora el film con su omnipresencia, de la que podría afirmarse sin dudar que atrapa a Bin Laden por su perseverancia casi inverosímil? Maya (y aquí va la bomba) es el alter ego de Bigelow. “Si yo hago la película, yo lo atrapo.” ¿Quién es Kathryn Bigelow? Filmó siempre películas de hombres. Estuvo casada con James Cameron, detalle que algo tendrá que ver en la totalidad de nuestro análisis. Su film anterior fue una glorificación de los desactivadores de bombas, todos héroes, todos sacrificados, todos tipos que arriesgan sus vidas por salvar las de los otros. Bigelow es uno de los grandes personajes de Hollywood, es (según creo) bellísima, y ya pasó los sesenta. Tiene cara de inteligente, de mujer brillante, corajuda. Es patriota. Y atención: uno de sus próximos proyectos es hacer un film sobre la Triple Frontera a la que llenará de narcotraficantes, fundamentalistas islámicos y drogones miserables, despojos de la vida que nada valen.
 
Volvamos a Maya. Todos están en contra de su obstinación por ir tras Bin Laden. Un personaje comenta: “Es ella contra el mundo”. Sin embargo, aparte de su patriotismo agobiante, nada parece justificar (internamente) esa perseverancia. Maya es sensible. Maya es dura. Se enfrenta al mundo masculino y hasta llega a reventar a gritos a un tipo que se le opone (gran escena de Jessica Chastain que proyectarán si le dan el Oscar, recuérdenlo). La película se centra más en ella que en el misterio Osama, en el despliegue de inteligencia, o en la acción impresionante de las fuerzas de ataque. ¿Por qué llora Maya al final del film? ¿Por qué el film cierra con un plano medio de Maya derramando breves, pero dolorosas lágrimas? Tal vez, conjeturo, porque comprende que el sentido de su vida ha muerto con Osama. Tal vez porque sabe que mintió. ¿Alguien puede imaginar qué habría sucedido si Maya destapa la bolsa mortuoria de Osama, lo mira, mira a sus compañeros y niega con su cabeza en lugar de afirmar? ¿Era posible una actitud así en una mujer que había arrastrado al poder más grande de la Tierra hacia una zona inhallable donde no estaba lo que debía estar, lo que ella había dicho (con el ciento por ciento de su obstinación) que estaba? Llora por eso. Porque mintió. Porque será imposible exhibir algo de Osama al mundo y probar la hazaña. Porque habrá que sepultarlo en el mar, escamotearlo, esconderlo para la eternidad. Y si no que alguien diga por qué llora esa mujer tan dura, una “asesina”, una comandante de hombres, una convencida de los beneficios de la tortura.


UNA BANDERA PARA LA GUERRA

 
Decir que el film está bien hecho es un pleonasmo. Bigelow dirige bien y tiene –aquí– a toda la CIA y a todo el gobierno de los EE.UU. de su parte. Aunque se inicia con un contraste burdo, indigno de cualquier artista, pero perfecto para justificar la tortura. Pantalla en negro y de a poco empezamos a escuchar los gritos de los que habitan las Torres cuando se produce el atentado. Es el horror, por supuesto. Pero ese horror está puesto exactamente ahí para que la película pueda abrir con una escena brutal de tortura. ¿Ven? Aquí está la consecuencia inevitable del atentado. Fue porque nos agredieron que hacemos algo que no haríamos. Nos forzaron. Nos obligaron a hacer cosas que John Wayne jamás habría hecho, aunque las haría de estar en nuestro puesto, como vengadores de la injuria más grande que América ha recibido.

Confieso –casi dando un salto en el desarrollo del film– que el ataque final a la morada del Villano no me impresionó como lo esperaba. Ocurre de noche. Las luces salen de los súper cascos de los súper soldados. Hay tiros a destajo, muertos, idas y venidas, hasta que parece que matan a alguien (al que casi no se ve) que es Osama. A partir de aquí, lo ponen en una bolsa, lo llevan a un helicóptero y luego a un avión en que aguarda Maya, quien dice –con apenas un leve movimiento de cabeza– que sí, que es él.

La película ha generado furias de todo tipo. El progresismo norteamericano (que existe, y ya lo creo que existe; sobre todo, claro, en Nueva York) no le ha perdonado nada a Bigelow. Naomi Wolf le ha enviado una carta personal. La carta es dura y no se ahorra nada. Ni siquiera el símil Bigelow-Riefensthal que resulta evidente para muchos de los que ven la película. ¿Quién es Naomi Wolf? Tiene un peso, un, por decirlo así, predicamento entre los sectores progresistas norteamericanos que la autoriza a decirle a Bigelow lo que abundantemente le dice. Anda por los cincuenta años, nació en San Francisco y su último libro es un éxito de ventas. Se llama The End of America. Postula que su país está muriendo por incurrir en la negación de sus valores tradicionales, los de la democracia. Que se está deslizando hacia el fascismo utilizando como pretexto el acontecimiento del nine eleven que ha llevado a primer plano a todas las fuerzas conservadoras y les ha dado una bandera de lucha, una bandera para la guerra con el argumento falaz e infundado de defenderse de un segundo ataque. (Ver: Antes de que nos ataquen de nuevo, de Bruce Ackerman, y Terrorismo y Contraterrorismo, un libro apoyado por la marina argentina. 

También The Real America, ese horrible manifiesto de Glenn Beck. Y para vacunarse contra esta catarata autoritaria siempre está el notable La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn.) Pero The End of America es un libro apocalíptico. Al menos para eso que los norteamericanos piensan de sí mismos y de aquello que quieren seguir siendo. Ya no seguirán siendo eso, dice Wolf. Si presenciamos el fin de “America” es porque su corrimiento hacia las leyes del fascismo parecen ser inexorables, ya que Obama, en el aspecto de la guerra contra el terror, no se ha diferenciado esencialmente de los republicanos. Le exige a Bigelow que presente las pruebas que la llevaron a filmar su apodíctico film. “Querida amiga –le dice–, presenta tus fuentes. Muestra tus pruebas de que la tortura produjo información que salvó vidas o de cualquier otro tipo. Pero no puedes presentar pruebas de esta información. Porque no existen. Cinco décadas de investigación, citada en el documental de 2008 The End of America, confirma que la tortura no funciona. Robert Fisk suministra otro resumen de esa categórica conclusión. Y este informe de 2011 de Human Rights First refuta la principal premisa de Zero Dark Thirty.” Y éste es el punto axial de la discusión. Aun cuando se acepte dejar de lado el aspecto moral, ¿sirve la tortura para obtener información, como tarea de inteligencia? Recordemos: uno de los personajes más cercanos a Maya, el que hemos visto torturar con mayor convicción a los sospechosos, dice en la reunión con el jefe de la CIA: “Todo esto se basa en informes de los presos”. Y sin embargo, afirma que sólo hay un 60 por ciento de posibilidades de atrapar a Osama en base a esos datos, en tanto que Maya, terminante, vocifera: “¡Un ciento por ciento!”. Los halcones no quieren abandonar la tortura porque, a través de ella, dan cauce a su sadismo, a su odio racial. Y algo –aunque puedan conseguirlo por otros medios más civilizados, aunque ¿hasta qué punto la tortura no le es hoy inescindible a la civilización como antes lo fueron las grandes masacres de los pueblos colonizados?– conseguirán. Las palomas seguirán insistiendo en que la tortura no es eficaz, que quiebra no sólo al enemigo sino al torturador, que, además, hunde en la infamia al país, que acostumbra a su pueblo a la brutalidad, al fin de la democracia y a la entronización de la violencia como regla para sobrevivir en la sociedad del dolor.
 
UNA SERVIDORA
 
En cuanto al paralelo con Leni Riefensthal, es complejo. Pero me atrevería a decir que perjudica a Bigelow. Leni filma en los albores del nazismo. Filma a comienzos de la década del ’30. Heidegger, en la célebre correspondencia que sostuvo con Marcuse, le dice, justificándose: “Auschwitz no era visible desde 1933”, fecha en que asume el rectorado de la Universidad de Friburgo. Marcuse, desde luego, le dice que sí, que era visible. Leni podría haber dicho lo mismo. Y el tema es materia de discusión. Pero nadie puede discutir que Bigelow filma cuando la Guerra contra el Terror lleva diez años de vejaciones y horrores varios. Sabe bien la causa a cuyo servicio se pone. La carta de Wolf finaliza condenando sin retorno a Bigelow: “El desagradable trabajo que realizó Riefensthal, con el paso del tiempo, no se ha podido ocultar. Los estadounidenses también despertarán y verán a través de la apología de La noche más oscura las mentiras estandarizadas de un régimen que pretende que esta brutalidad es necesaria de alguna manera. Cuando eso suceda, la misma comunidad que hoy te aplaude dará un salto atrás. Como Riefensthal, eres una gran artista. Pero ahora te recordarán eternamente como una servidora de la tortura”.
 
Como no podía ser de otro modo, el limitado y pretendido politólogo Vargas Llosa se ha metido en esta cuestión. Dice que vio el film de Bigelow en Nueva York y que, al terminar, el público se puso de pie y aplaudió a rabiar. Algunos, se conmueven, lloraban. Viene, en su texto, de comentar un libro de Niall Ferguson que atesora una visión ásperamente pesimista sobre la cultura occidental. Escribe: “Al terminar este film genial y atrozmente autocrítico, los centenares de neoyorquinos que repletaban la sala se pusieron de pie y aplaudieron a rabiar; a mi lado, había algunos espectadores que lloraban. Allí mismo pensé que Niall Ferguson se equivocaba, que la cultura occidental tiene todavía fuelle para mucho rato”. ¿Por qué no? ¿Cómo no habría de compartir Vargas Llosa el alivio de esos neoyorquinos paranoicos que aceptan cualquier cosa con tal de ser protegidos del feroz terrorismo, del fundamentalismo asesino que les derrumbó esas torres en el mismísimo corazón financiero de Manhattan? ¿Cómo no habría de creer que Occidente tiene larga vida en tanto “servidoras de la tortura” (Naomi Wolf dixit) como Bigelow hagan films financiados por la CIA y el Pentágono? Sólo un hombre con una visión tan limitada de Occidente y del humanismo no advierte que la tortura no salvará esta contradictoria civilización que, entre atrocidades, ha dado también maravillas al mundo. Si se salva será por entender de una vez por todas algunos de los principios centrales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos declarada el 10 de diciembre de 1948. Que son: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Y también: Prohibición de la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos y degradantes. Sin embargo, la esperanza se nos vela ante los acontecimientos. Desde 1948 hasta aquí se han acumulado incontables horrores. Cualquier guerrero del Pentágono o de la CIA o de muchos otros países se reiría de esos principios, dictados ante el cercano horror de la Segunda Guerra, con sus cincuenta millones de muertos. Walter Benjamin ya se horrorizaba al ver en la historia una cadena de ruinas. Proponía la concepción de la historia como catástrofe. Aunque, también él, dijo la más hermosa frase que aún puede dar vida a cierta forma de empecinada ilusión: Es por nuestro amor a los desesperados que aún conservamos la esperanza.

Por José Pablo Feinmann